Por: Patricio Pérez Colmegna, Area VP – LATAM, BMC Helix.
Durante años, la tecnología estuvo diseñada para ejecutar órdenes. Hoy, ese modelo quedó chico. La IA ya no solo automatiza tareas: toma decisiones, y lo hace de forma tan natural que apenas lo notamos. Elegimos rutas recomendadas, consumimos contenido sugerido y organizamos nuestro día según lo que un algoritmo considera prioritario.
Ese cambio silencioso en la vida cotidiana está transformando también al mundo corporativo. Las organizaciones empiezan a depender de sistemas capaces de anticipar fallas, interpretar contextos y accionar sin intervención humana. La meta dejó de ser ‘hacer más rápido’ y pasó a ser operar de manera autónoma.
Este salto es posible gracias a la convergencia entre IA generativa y modelos de IA operacional, que permiten pasar de entornos reactivos a servicios predictivos, resilientes y autoajustables. En IT, esto significa que los incidentes pueden detectarse antes de que se materialicen, que las prioridades se redefinen de forma inteligente y que muchas tareas críticas se resuelven sin necesidad de escalar a un humano.
La autonomía, además, abre un nuevo capítulo en la gestión empresarial: obliga a revisar procesos, roles y responsabilidades. Ya no alcanza con sumar herramientas; es necesario repensar cómo fluye la información, qué decisiones pueden delegarse y cómo se construye confianza en sistemas que aprenden y evolucionan. Las compañías que adopten esta mentalidad no solo ganarán eficiencia: podrán innovar más rápido y adaptarse mejor a entornos cambiantes.
Lejos de desplazar personas, esta autonomía libera talento. Los equipos dejan de vivir en modo ‘apagar incendios’ y pueden enfocarse en estrategia, innovación y creación de valor real. La próxima gran transformación tecnológica no será la automatización. Será la autonomía: sistemas que funcionan solos para que las personas puedan decidir mejor, crear más y llevar a las organizaciones a otro nivel de eficiencia y agilidad.






